martes, septiembre 20

Breves


  1. He estado teniendo un montón de sueños raros. Todos laberínticos. Todos sin salida de emergencia. Todos con una pérdida. 
  2. Soy Boby Axelrod, pero sin sus millones. Es decir, un sujeto en el que siempre late el temor de perderlo todo.
  3. El sountrack de Me estás matando, Susana (la vocativa es mía) incluye una canción que dice "no sabe lo que gana, el que pierde a una mujer".  
  4. Tú cantabas esa canción. Una noche en tu volkswagen azul me dijiste que la habías aprendido de tu padre. 
  5. No recuerdo si tu padre te abandonó o estaba muerto.
  6. Este septiembre cumplo dos años en terapia. 
  7. Dice mi terapeuta que hablo mucho del pasado. Digo yo que no se estar en el presente y que el futuro no existe. Ergo, el pasado es mi lenguaje.
  8. Llevo 1427 libros empacados. 
  9. Todas las cajas estaban vacías.
  10. Leo ajeno.


lunes, abril 11

De pronto la vida vuelve a comenzar

Cada vez me importan menos cosas que no estén estrechamente ligadas a mi felicidad. Lo que es desechable, lo contingente, lo que si pasa o no no cambia sustancialmente mi vida, paulatinamente me ha dejado de importar.

jueves, febrero 11

Un cuerpo empieza y termina contra otro cuerpo




La historia comienza con nuestros cuerpos en el piso [seis cuerpos de mujeres a los que se unirán uno más de un hombre y uno más de otra mujer]. Estamos sentadas sobre la duela y podemos mirar todos nuestros ángulos gracias al par de espejos que van del suelo al techo en los extremos del salón. Mónica nos pide que nos presentemos brevemente. Mónica nos pregunta si estamos dispuestas a descalzarnos. Todas nos quitamos los zapatos. [Los verbos que empiezan a hilarse: cantar, bailar, cocinar, tejer, dibujar, escribir.] Entonces, cuando es mi turno de hablar sobre mis razones para estar ahí, hablo sobre la distancia entre mi cuerpo y mi escritura. Les cuento que cuando era niña bailaba, cocinaba y tejía. Les cuento que en algún momento lo olvidé. Lo olvidó mi memoria y lo olvidó mi cuerpo. [No en este momento, pero después, Mayra hablará sobre las coyunturas abiertas por donde se escapa el alma. Por un susto. O por una pérdida, pienso yo. El susto de ausencia. Ese temor. (Y me queda claro ahora que sí, que estoy descoyuntada, que sin alma y quizá por eso la brecha entre mi cuerpo y mi yo) Para cerrar las coyunturas, dirá Mayra, tiene que venir alguien significativo para ti, tu padre o tu novio (entonces Mónica cuestiona que si tiene que ser un hombre y Mayra dice que no, que con que sea alguien importante para ti), y presionar con ambas manos cada una de tus coyunturas: hombros, muñecas, codos, corvas-rodillas, tobillos; tiene que venir alguien a cerrar las fisuras, los huecos, todo aquello por donde se fueron las cosas (me pregunto si por eso mi tendencia a la huida, si esas son mis puertas siempre abiertas, mis maletas listas, mi partida inminente)].

Mónica nos pide que nos incorporemos y empieza a darnos instrucciones con su voz y con su cuerpo. Hay que seguir los movimientos que ella propone. ¿Se resiste mi cuerpo? Sí. De inmediato. ¿Cómo voy a moverme al ritmo de la música enfrente de desconocidos? ¿Cómo va mi cuerpo a acoplarse, a improvisar, a hablar? Pero las instrucciones de Mónica no son impositivas, son más bien una invitación, una sugerencia. Cierro los ojos e intento apagar el aparato que todo lo piensa y lo cuestiona. Intento sentir y sólo sentir. Empieza entonces a activarse el mecanismo que se enciende cuando estoy en terapia, cuando he estado en hipnosis: me abandono a la voz que me da indicaciones, encuentro paz en seguir los dictados de esa voz que me llevan y conducen, esta vez, a conectarme con mi cuerpo. [Los verbos que se entrelazan: flexionar, girar, soltar, volar, aventar, sentir, reconocer].

Los cuerpos que son nuestros cuerpos se mueven en círculo, unos al lado de otros, hacia los lados, hacia delante y hacia atrás. Las manos recorren y los pies recorren y la cadera recorre. Todo es suave y fluye. Trabajamos mucho las manos, las manos nos guían como si tuviesen vida propia. Como si tuviesen vida propia comienzan a narrar pequeñas historias con sus leves movimientos. Las manos conducen al cuerpo. Los hombros giran y, en algún momento, retrocedemos hacia el centro. Los cuerpos se aproximan cada vez más y puedo verme en uno de los espejos acercándome hacia el punto donde todos los hombros y los cuerpos se unirán. Quedaré en medio de otros cuerpos, mi hombros tocarán los hombros de dos personas que acabo de conocer, pienso. La parte de mí que siempre quiere huir habla en voz baja. La escucho, pero no siento el deseo real de hacerle caso. Mi cuerpo, sin avisarme o consultarlo conmigo, la ignora, la pasa de largo y sigue avanzando hacia atrás, directo hacia los cuerpos. Cuando por fin mis hombros rozan los hombros de mis compañeras, para luego apretarse contra ellos, descubro que no es todo lo desagradable que pensé que sería. Por el contrario, hay un calorcito, hay una cosa de abrazo, hay algo que le dice a mi cuerpo: puedes ser otro, estás siendo otro.


Creo que me sentí parte de un todo y casi nunca me siento parte de nada. Estando en ese círculo, no una, sino varias veces (porque a lo largo del taller el contacto físico se fue incrementando), recargando mi espalda y mis hombros y mi pecho y mis piernas y mis brazos con las espaldashombrospechospiernasbrazos de las otras, deteniéndome morosamente en las manos ajenas que de pronto parecían una extensión de las mías, o simplemente en el abrazo a cada una al finalizar la sesión, en todas esas formas me sentí parte de algo, yo, que casi siempre me siento fuera de lugar.


Ir a escritura desde del cuerpo fue un descubrimiento para mí. Siempre he escrito desde la cabeza. Jamás pensé que el cuerpo podía ser un camino hacia la hechura de mis textos. Lo que encontré fue que mi escritura desde el cuerpo busca otros ritmos, no se conforma con los moldes que la escritura desde la cabeza tiene ya listos cuando empiezo a escribir. Mi escritura desde el cuerpo se autocensura menos que mi escritura desde la cabeza. Mi escritura desde el cuerpo recurre más a los sentidos. ¿Es más real? ¿En qué forma?


La estructura del taller se iba modificando según el ritmo de la respiración del grupo. Eso sentí. Llegábamos al salón y hacíamos un calentamiento antes de realizar movimientos que requerían un poco más de contacto, de fuerza o flexibilidad. Mónica siempre estuvo al pendiente de nuestro cuerpo, con un cuidado muy entrañable. No nos exigía de más. La cosa era llegar hasta donde uno pudiera o quisiera llegar. Después del trabajo con el cuerpo venía la escritura. Me pareció siempre un tiempo pausado. Sin prisas. Después la escritura se iba entretejiendo con otras cosas del cuerpo. Creo que si tuviera que resumir esta experiendia diría que sí, que se trató de escribir con el cuerpo, con las manos y con la respiración. Me quedo con el ejercicio donde caminamos lentamente, lo más lentamente posible de un extremo a otro del salón [pienso ahora en una escritura con los pies, telegráfica, hecha de puntos de apoyo, de titubeos, pasos en firme y pasos en falso]. Me quedo también con el ejercicio en que escribimos literalmente con nuestro cuerpo sobre la duela. ¿Qué escribimos? ¿Qué clase de lenguaje se crea con seis cuerpos sobre una duela? Mi lenguaje tenía que ver con el agua. Con recuperar algo perdido. Mi lenguaje tenía que ver con agujas y con hilos. Con tejerme a mí misma y tejerme junto con otros. Mi lenguaje era en realidad un lenguaje compartido.

[¿Y la voz? ¿Qué del lenguaje gutural, qué de los ecos y reverberaciones? ¿Qué de las grabaciones in situ y las repeticiones?(Me quedo además, y desde luego, con ese momento en que a ojos cerrados, la partitura de una enunciación, la sonoridad del loop.) Un lenguaje coral, pues. Un lenguaje hecho de fragmentos de todas nuestras voces y sus ecos.]


Alguien me preguntó alguna vez cómo serían mis textos si yo supiera bailar. Yo sabía bailar, pero lo olvidé. No le dije eso, pero lo pensé. En este taller bailé. Este taller hizo que me dieran ganas de bailar, de aprender a bailar y de bailar sola o con otros, aún sin saber bailar, aún sin música. Este taller me hizo desear que mis textos y yo aprendamos a bailar. 

viernes, enero 8

Underground


Leo Underground de Murakami y pienso que no hay mejor memorial que el testimonio. Desanonimizar a las víctimas y a los familiares de las víctimas, que son también, y desde luego, víctimas. Saber que lo ocurrido (muerte, heridas, secuelas, estrés postraumático) le ha sucedido a alguien con una historia, con una vida. Humanizar abre la puerta a la empatía. Se trata de que el otro, ese otro, tenga rostro. Se trata de podamos ver que ese rostro es también nuestro. La continuidad de nuestro cuerpo en el otro de la que hablaba Bifo: la ética. Es decir, se trata de que el cuerpo (la existencia) del otro, se convierta en algo propio, que nos importe, que nos duela.

Lo que hace Murakami en Underground es trazar una cartografía testimonial alrededor de los ataques terroristas con gas sarín ocurridos en el metro de Tokio en 1995. Ayudado por sus asistentes, Murakami se dio a la tarea de contactar a los sobrevivientes a través de un minucioso rastreo. Las cifras históricas refieren a más de 3000 heridos y 12 muertos. Había aproximadamente 5000 personas esa mañana en los vagones. Murakami entrevistó a poco más de sesenta personas y pulió los textos con cada uno de sus entrevistados cuantas veces fue necesario. Tres cosas estaban al centro de estas conversaciones: la vida, la historia personal del sobreviviente; su experiencia en el momento del momento del ataque; y las consecuencias de ese suceso en su presente.

El libro está divide en cuatro apartados, cada uno correspondiente a las líneas del metro afectadas. La mayoría de las personas que aceptaron narrar su experiencia decidieron utilizar un seudónimo en lugar de su nombre real. Murakami explica la posible razón por la que hay más testimonios de hombres que de mujeres: éstas estaban sujetas a pedir permiso a sus familias o a sus maridos. Undergound se publicó originalmente en 1997, el ataque estaba reciente y había mucho miedo a posibles represalias de la secta Aum, perpetradora del atentado.

¿Qué queda de una experiencia sino la memoria? El testimonio es la comunicación de la memoria. El testimonio es la manera en que la experiencia puede seguir haciéndose presente. Leo las narraciones que de sí mismos hacen los sobrevivientes del gas sarín y me parece todo tan cercano que olvido por completo que esto sucedió hace ya dos décadas. Todo parece haber ocurrido apenas hace unos días o unos meses. Todo parece haber ocurrido muy cerca de aquí. 

miércoles, noviembre 25

Las líneas de viaje estaban marcadas como surcos por toda la suela


No tengo zapatos con historia. Los que tenían algo que narrar fueron quedándose en el camino: maltrechos, con tacones desgastados o suelas que fueron despegándose del resto como si quisieran emprender una vida aparte. 

Soy una convencida de que los zapatos que se hacían antes tenían la capacidad de durar más años. La obsolescencia programada ha llegado también a nuestros pies. Antes, cosidos, ahora pegados. Antes con suelas de goma, ahora con suelas sintéticas. La mayoría de mis zapatos del presente han sido fabricados para que vivan conmigo apenas dos o tres años. Apenas lo que han durado mis relaciones amorosas más largas. 

Recién me compré unas hermosas y poderosas botas rojas con las que espero formalizar una relación que dure, por lo menos, diez años. Al cabo de ese tiempo tal vez tenga una historia que contar de ellas: hacia dónde me llevaron, qué suelos pisé, que historia construí mientras mis pasos se enfundaban en ellas.

De mis zapatos del pasado los que más recuerdo fueron unos que me regalaron cuando estaba en el bachillerato. En ese entonces iba a la escuela con unos tenis que alguna vez habían sido blancos y que estaban más bien despegados hacia el noroeste, de modo que mi tres deditos más pequeños encontraban sitio para una ventilación permanente. Fue una amiga, Nery, quien me obsequió unos zapatos de segunda mano. No estoy segura si los había usado ella o alguien más de su familia, pero se amoldaron perfecto al tamaño de mi pie. 

Se trataba de unos zapatos color café claro, tipo mocasín, con agujetas al frente. Eran más bien unos zapatos masculinos, aunque no necesariamente creo que hubieran pertenecido a un hombre. Lo que más me gustaba de estos zapatos era que en la suela, por alguna extraña razón, tenían dibujado el mapa de una carretera. Las líneas de viaje estaban marcadas como surcos por toda la suela. Me sentía tan importante usándolos. Nadie ahí usaba mocasines como ésos. Estaban en bastante buen estado y yo pensaba que esos zapatos me hacían especial, que usar esos zapatos dirigiría mis pies por muchas carreteras, que esos zapatos me llevarían a viajar por lugares insospechados.

Recuerdo que por las tardes cuando llegaba a casa, solía quitármelos y voltearlos, para luego quedarme absorta viendo las rutas que se podían trazar en ellos e imaginar todos esos lugares desconocidos a los que algún día me llevarían. Esos zapatos eran una llave para algo que sabía imposible: irme de ese pueblo, tener otra clase de vida, ser una persona que tuviera historias por vivir y contar.

No sé qué fue de esos zapatos. Toda mi adolescencia es niebla. Apenas si conservo flashazos de los episodios de mi vida, así que ocurre igual con los objetos. Si hago un gran esfuerzo puedo reconstruir, quizá más bien recrear o reinventar esos zapatos, sus suelas que prometían toda clase de aventuras, que prometían un futuro.

Nunca viajé con ellos. Los mocasines-carretera nunca salieron de Ciudad Valles. Estoy segura de que los usé hasta que ya no pude andar más con ellos. Hasta que fue imposible poner un pie sobre el asfalto confiando en su buen cobijo. Estoy segura que sus suelas-cartografía terminaron casi borradas en algún basurero, que no hubo más historias para ellas que las imaginarias. Sin embargo, cumplieron su promesa: hubo futuro y carreteras, hubo este largo viaje que me lleva cada vez más lejos. 


miércoles, agosto 19

Este ir sin GPS

Estoy escribiendo un nuevo libro. Qué puto trabajo escribir un nuevo libro. Como que se me olvida la guerra que me dieron los otros. Como que se me olvida que años, que tardes, que borraduras. Como que se me olvida y quiero escribir veloz y fluida. Como que se me olvida que no soy ni veloz ni fluida, que las cosas que escribo siempre van lento, una versión de la versión de la versión. Un pasito con bastón, un arrastrarse con muletas. ¿Por qué se me olvida que no puedo manejar, que no sé manejar, que las autopistas y yo no tenemos historia? Ni los volantes ni nada. 

Voy a pie. Calle por calle. Esta esquina y luego la otra. 

Escribir es este perderse. Este ir sin GPS.

sábado, agosto 8

Máquina medium

Soy incapaz de recordar el olor de mi madre. Sé que alguna vez estuvo en mi nariz y luego ya sólo en mi memoria, pero que en algún momento de la adolescencia ese aroma y su evocación dejaron de existir. 

Como único vestigio, tras su muerte, quedó un frasco abarrocado de color rosa. Era su perfume. Debió ser algo muy dulce. No maderas. No floral. En todo caso afrutado, cítrico. Debió ser una fragancia que tal vez ahora me empalagaría. Pero estoy divagando porque lo cierto es que voy a ciegas, me quedan ya muy pocos recuerdos de ese pasado remoto. Lo cierto es que a veces pienso que ese pasado, mi pasado, nunca existió.

Los días y los meses que siguieron a la muerte de mi madre, cuando quería recordarla, sentirla cerca, pegaba mi nariz al pequeño orificio por donde tantas veces había sido atomizado el líquido interior para llegar hasta su cuello en forma de pequeñísimas gotas. Entonces mi madre era sólo eso: ese fantasma que podía aspirar. Mi madre era ese tenue olor que se aferraba a mi nariz. 

Un día descubrí que el frasco ya no olía a nada. Había perdido todo su poder de máquina del tiempo, de máquina resucitadora, de máquina médium. El perfume había desaparecido y con él toda posibilidad de acceso sensorial a mi madre. Guardé durante muchos años todavía aquella botella vacía, como si creyera que mágicamente algún día podría hacerla aparecer de nuevo. 

Pero también perdí esa lámpara de Aladino. Posiblemente fue en alguna mudanza. No tengo la más mínima idea de qué pude haber hecho con ella. La ausencia es una cosa que permea por capas a las cosas. Como la humedad. Como una niebla súbita que no te deja ver lo que tienes a medio metro de ti, lo que sigue después. Pienso en el hecho de que aún puedo recordar vagamente la imagen de la botella de ese perfume. Pienso en que también olvidaré eso. No quedará nada de mi madre en mi memoria. Como si todo fuese un sueño. Lo digo porque en los sueños uno no alcanza a saber por qué se encuentra en tal lugar. Uno no recuerda cómo es que llegó ahí. 

martes, agosto 4

Estos días perdidos y prestados

Sucedió mientras caminaba por una acera flanqueada por una pared verde de tantas plantas y tanta humedad, bajo copas de árboles que aún mecían gotas de lluvia entre sus hojas. De súbito lo supo: estaba viviendo los días de una vida prestada en una ciudad prestada. Aquello era sólo un escenario. Los troncos, los tallos, el verdor incrustado en todo ese asfalto era utilería. Ese presente y su futuro eran ficción.